I Hate Restaurants

"I Hate Restaurants"
Necesitaba dinero. Acepté un trabajo en un hotel-restaurante en un pequeño pueblo blanco de la costa catalana. Destino de veraneo de bolsillos abundantes y lenguas puras de pieles blancas, como las casas. Todo muy blanco.
En este paisaje, el moreno caribeño de las mujeres con las que trabajaba las hacía... exóticas, sí, sobre todo sus movimientos, cuando, robando horas al sueño, salíamos un rato a algún bar del pueblo y pedían bachata o reguetón. Ondulaciones imposibles de cadera que el mar Mediterráneo no ha conocido ni en sus más salvajes tempestades. Y mucho menos en estos lares, tan blancos.
Jornadas laborales de 15 horas sin ningún día libre a la semana durante los 6 meses que duraba la temporada vacacional. La excusa : comida y cama para dormir.
El sueldo: el que correspondería a un contrato de 40 horas semanales.
La mayoría de las trabajadoras tenía contrato en origen, es decir, permiso de entrada y residencia en el país mientras estuviesen trabajando por ese empleador, después pasaban a ser ilegales. Todas volvían a República Dominicana, Ecuador o Marruecos, tenían familias y proyectos que dependían directamente de ese sueldo.
Otras no tenían papeles ni contrato, eran parientes o amigas de las otras trabajadoras y aunque el mensaje de los dueños era que las aceptaban como favor, la verdadera razón era la escasez de mano de obra autóctona dispuesta a trabajar en esas condiciones.
Esta situación blinda al patrón contra demandas de mejora. Cuando hay tanto en juego el miedo al despido se mastica, y se engulle con ibuprofeno.
Este trabajo se hizo a des-tiempos. En los pequeños vacíos entre lavar-planchar-fregar-cocinar-servir. Activaba el clic de la cámara como una síncopa distónica en el proceso productivo de producir las condiciones para el descanso de los otros.













